Puerto Natales

Puerto Natales

domingo, 3 de febrero de 2013

Perito Moreno. Esculturas en el hielo.


Cinco treinta de la madrugada. Sin apenas tiempo de dejar descansar mi mente de las emociones vividas unas pocas horas atrás, me espera un minibús que me llevará hasta Argentina, a conocer el glaciar más famoso del planeta, el Perito Moreno. Debe su fama a la facilidad de acceso a su frente y, cómo no, a su hermosura.


El trayecto desde Puerto Natales dura cerca de seis horas de ida y otras tantas de vuelta. A pesar de su relativa cercanía, el trayecto por carretera describe una gran curva para cruzar Los Andes y, tras bordear el Lago Argentino, llegar hasta el mismo frente del glaciar. El recorrido atraviesa la frontera con Argentina y el paisaje muta desde los alegres bosques y praderas chilenas a la estepa patagónica argentina, un paisaje árido y semidesértico, en el que apenas crecen unos tristes matojos de plantas de tonos ocres. Durante horas nos acompaña una persistente lluvia que no es capaz de arrancar ninguna otra vegetación de esa tierra yerma.

Ya dentro del vehículo, nos comunican que la entrada al Parque de los Glaciares sólo se puede pagar en pesos argentinos o en dólares americanos, por lo que tenía que buscar la forma de cambiar algo de moneda chilena, cosa que conseguí rápidamente al entablar conversación con el conductor. Me dijo que hacia el mismo trayecto todos los días, doce horas de conducción, siete días a la semana.
- Un poco aburrido, ¿no?.
- ¡No! Me gusta conducir, respondió.
Y buena prueba de ello tuve después.
Ante la primera visión del glaciar, se te olvidan las horas de coche que llevas en el cuerpo. Un frente de 5 kilómetros de ancho y sesenta metros de altura vertical vuelven a despertar la sorpresa que me acompaña desde que empecé mi viaje.



El viento que me acaricia viene después de haber sobrevolado la enorme superficie helada y su aroma es de una pureza absoluta. Frio glaciar, de verdad, no metafórico. Son treinta kilómetros de longitud, de hielos que se formaron más o menos cuando nací, aunque en el fondo prefiero pensar que están allí esperándome desde hace miles de años.



El espectáculo lo contemplas en absoluto silencio hasta que todo se llena de un crujido sordo, prolegómeno del derrumbe de una pared, como estertores del ciclo de la vida que está ya comenzando en el circo del glaciar donde nieva a treinta kilómetros de distancia. Esa nieve llegará hasta aquí dentro de cincuenta años. Espero estar para verla.

Vamos a acercarnos un poco más.
Una embarcación te lleva hasta la cara este del glaciar para poder contemplar desde el nivel del lago la enormidad del muro. Visto desde la base, se acrecienta su magnitud. Lo que más me llamó la atención fueron las esculturas de hielo que se adivinaban en la parte superior. Como esculpidas por un travieso artista, intuía manos entrelazadas, tortugas y hasta a un Don Quijote pidiéndole explicaciones a un personaje sin nombre.





Cargado de momentos y de imágenes para conservar en la memoria, regresamos a Puerto Natales.
En el viaje de vuelta, pruebo a dormir algún rato, cosa que no es muy difícil por el déficit de horas de sueño que llevo acumuladas. Parada en El Calafate para comer a las cinco de la tarde, donde doy buena cuenta de una milanesa, un filete empanado, con patatas, que me sabe a gloria. Vuelta al bus para dormir un poco.
Después de un par de horas de sueño entrecortado en el asiento, noto cómo cada vez el vehículo se mueve más. Abro los ojos y contemplo a mis compañeros de viaje con la cara demudada en la que se atisba algo de miedo.
¿Qué pasa?
Nuestro conductor, está disfrutando de la conducción y nos lleva volando por la carretera húmeda de vuelta a Chile. Desde mi asiento puedo ver la velocidad y vamos a 110-120 kilómetros por hora, cuando la velocidad está limitada a 100. En los autobuses de línea regular, los pasajeros tienen una pantalla para ver la velocidad a la que se circula, y la compañía avisa de que se puede protestar si se supera esa velocidad. Cual protagonista de anuncio de BMW (¿te gusta conducir?..), nuestro piloto devora kilómetros de vuelta a casa. No me preocuparía demasiado si no fuera porque advierto que sus movimientos en el asiento, denotan cansancio y lucha interna contra el sueño. Tras una breve conversación con unos compatriotas con los que bromeo sobre las dotes de conducción de nuestro chofer, decido tomar cartas en el asunto. Mi madre tenía una táctica infalible para moderar la velocidad de los aspirantes a pilotos de fórmula 1.
-        ¡Jefe! Estoy mareado, ¿podría ir un poco más despacio?...Por favor…..
-        ¿Qué? (Volviendo la cabeza y dejando de mirar a la carretera por unos instantes que me parecieron interminables….)
-        Que no me siento bien….¿tiene bolsas para vomitar? Tengo la guata (tripa, estómago) muy revuelta.
-        ¡Vale!
Sonrisas cómplices entre los pasajeros más cercanos. Reduce la velocidad a 100 por hora. Bueno.
Llegamos al puesto fronterizo para dejar Argentina.
Dos agentes de aduanas verifican nuestros papeles. Los trámites son ágiles hasta que una de mis compañeras de aventuras entrega los papeles de entrada al país. Ningún problema. Ella es brasileña y con una sonrisa encantadora. El agente de aduanas, deja el mostrador y directamente se dirige a conversar con ella con la más amable disposición. Los demás esperamos pacientemente que el único responsable de dejarnos salir de Argentina, vise todos nuestros papeles. El agente charlatán no la deja ni a sol ni a sombra. Ya estamos todos de vuelta en el bus y nuestra compañera no puede escapar del solícito funcionario. Por fin, consigue librarse de él y regresar con nosotros. Ella está irritada porque le desagrada que todos los hombres vean en las brasileñas sólo samba y playa. No he conseguido hacerle comprender que con la sonrisa que regala, no puede esperar mucho más de la condición masculina, muy a mi pesar por lo que me toca como hombre, dicho sea de paso.
La profesionalidad y competencia en el trabajo de los brasileños es de las cosas que más me ha gustado descubrir de mi viaje. Quizás también yo me dejaba deslumbrar por los recuerdos de mi viaje a Rio de Janeiro años atrás. Brasil es un país de futuro, pero no por el futbol, las olimpiadas, los carnavales o las playas, sino básicamente, por la gente que lo habita, alegre, trabajadora y comprometida. No hay nada como viajar y compartir, para limpiar la mente de creencias y prejuicios.
La carretera de vuelta a Chile se convierte en una pista auxiliar de servicio de gravilla porque la vía  principal está en obras. Húmeda y cuesta abajo, bajamos a cien por hora como si estuviéramos en la autopista.
-        ¡Jefe! Estoy a punto de vomitar.
Último intento de que sea algo empático.
Gira la cabeza, y regularmente cada treinta segundos, vuelve a mirarme como hechizado por mis lamentos. Ya no puedo más.
-        ¡Gracias jefe! Me encuentro mucho mejor.
Abandono toda esperanza de conseguir que modere su velocidad, y sólo confío en que San Cristóbal tenga influencia por estos lares.
La llegada a Puerto Natales, a las diez de la noche, nos regala una puesta de sol de las de no olvidar. En el diciembre austral, los días tienen cerca de veinte horas de luz. No la no pudimos fotografiar desde tierra por las ganas que teníamos de que parara la coctelera en la llevábamos agitados las últimas seis horas.
Cuando llegamos, estuve a punto de arrodillarme y besar el suelo, pero sólo me dio para desearles buena suerte a los futuros y anónimos viajeros de nuestro conductor.
Nos damos un homenaje con una buena cena, la mítica centolla magallánica y algo de cordero asado al palo, sentados al lado de la lumbre donde se cocina.
Mañana embarcamos para conocer los fiordos de los alrededores, que tanto maldijeron los navegantes de hace varios siglos mientras intentaban completar el camino del Estrecho de Magallanes que evitaba el Cabo de Hornos, perdidos en un laberinto, tan hermoso como mortal para ellos.
Nosotros lo tendremos más fácil.
O eso espero, mientras por un momento imagino, como en una pesadilla, al capitán del barco diciendo eso de…¡me gusta navegar!

lunes, 14 de enero de 2013

Torres del Paine. Rumbo al Norte, rumbo al Sur.




Cuando escribo estas líneas, estoy en el avión que me lleva de regreso a España, a mi tierra. Extrañamente en vez de tomar el camino más corto, se aleja hacia la costa chilena y sobrevuela el Pacífico como intentando que me despida del océano y me permite fotografiar la piscina más grande del mundo, de un kilómetro de longitud.


Algarrobo. A la izquierda se puede ver las piscina más grande del mundo

Pero en realidad, mi mente está ahora en el Sur y en el viaje que realicé a conocer La Patagonia. Debe su nombre esta región a la de sus pobladores primitivos, llamados patagones por su estatura y sus grandes pies.

En vuelo nocturno aterricé en Punta Arenas, después de tres horas y media de viaje desde Santiago. Es la capital de la provincia de Última Esperanza, nombre que la leyenda atribuye a un explorador en su último intento de encontrarla la salida del Estrecho de Magallanes y sus laberínticos canales. La ciudad se asoma a él y se divisa la vecina isla de Tierra del Fuego. Es un lugar de tranquilas aguas que ahorra el paso por el Cabo de Hornos y sus temibles tormentas. 


Puerto Natales

Aunque el agua es relativamente calma en el estrecho, el viento castiga toda la provincia y es raro el día en que no arrecia. Si viajáis allí, contad con que los aviones sólo pueden despegar si el viento es inferior a 115 kilómetros por hora y esa circunstancia puede trastocar algún plan de enlaces aéreos.





Sin dormir, pero con infinitas ganas de empezar la aventura, salí en autobús con destino a Puerto Natales, una pequeña ciudad a 250 km. al norte de Punta Arenas y que sirve como base para conocer el Campo de Hielo Sur, la tercera reserva de agua dulce del planeta, después de la Antártida y Groenlandia. Antaño puerto referente del paso al Pacífico desde Europa, la construcción del Canal de Panamá lo sumió en una depresión que sólo mitigan ahora las explotaciones petrolíferas, la ganadería y la actividad turística.

Laguna Amarga

Al contemplar los paisajes de esta tierra Charles Darwin escribió: “Al evocar imágenes del pasado, frecuentemente cruzan ante mis ojos las planicies de la Patagonia. Entonces, ¿por qué esas áridas extensiones se han aferrado a mi memoria con tanta firmeza?”.


Valle del Francés

Hoy mi destino era el Parque Nacional Torres del Paine, la foto que se convirtió en portada de este blog. Ya según se acerca uno a Puerto Natales, se empieza a intuir la inmensa belleza de las montañas que lo circundan. Se las divisa allá a lo lejos entre el laberinto de fiordos y canales que forman el paisaje.

Cuernos del Paine

El recorrido de aproximación al parque comienza en el lago Sarmiento, uno de los que nos iremos encontrando a lo largo del recorrido, cada cual con un color más increíble.



En Laguna Amarga, descubro otras gamas de azules, y me sorprende ver a los guanacos y los flamencos conviviendo en un lugar tan inhóspito como paradisiaco.



Contemplar el macizo del Paine de cerca es una visión emocionante. Desde la altura a la que lo miras, se yerguen 2.500 metros de desnivel de montañas agrestes de colores imposibles que nunca había conocido.


Para mis amigos de Riaño, desde el pueblo al Yordas, hay 1.000 metros de desnivel, y lo otro más impresionante que había visto, en Ordesa, la diferencia de cotas entre la llanura y los picos circundantes, a duras penas alcanza los 1.500 metros. No alcanzo a juntar palabras para describir la emoción que sentí. Paraíso de montañeros y escaladores, me debo a mi mismo el hacer algún día el recorrido de la “W” durante una semana, para conocer realmente este lugar.


El recorrido termina en el lago Grey, desembocadura del glaciar del mismo nombre y que está salpicado de bloques de hielo desprendidos de su lengua a modo de gigantes piedras heladas de un gin-tonic servido para los titanes que reinan aquí.





Pero el viaje por La Patagonia sólo había comenzado. Cuatro horas de sueño y parto para Argentina. Me espera el glaciar más conocido del planeta.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Confieso que he vivido


El título que le he dado a esta entrada es el que le dio Pablo Neruda a sus memorias y resume de forma magistral, en cuatro palabras que son poesía en estado puro, lo que a continuación intentaré expresar.

En el momento actual, preparo mi vuelta a España. Tengo más experiencias que compartir, y lo haré en sucesivas entradas que completen mi visión de Chile. No obstante, creo que es un momento de reflexión y de palabras para los que han hecho posible esta maravillosa experiencia.

En primer lugar quiero mostrar mi agradecimiento al Grupo en el que trabajo, el Grupo Santander. En tiempos en los que el sector bancario mundial tiene su imagen muy deteriorada,  me siento orgulloso de pertenecer a una gran empresa, líder en fortaleza económica y que cuida del desarrollo, humano y profesional, de los que trabajamos en ella. Mis compañeros chilenos, han conseguido que me sintiera arropado y en todo momento han estado junto a mí para hacer de esta pasantía una vivencia enriquecedora e inolvidable.

En segundo lugar, a mi familia. Sin su generosidad, no me habría posible separarme de ellos durante este largo periodo de tiempo, habiéndoles negado mi compañía, aunque seguro que en algún momento disfrutaron de mi ausencia, para qué nos vamos a engañar. Me siento en deuda con ellos y procuraré compensarles.

Otra mención especial merecen mis compañeros de pasantía. Venidos de distintas partes del mundo, hemos compartido nuestras distintas formas de entender la vida y estado juntos en momentos maravillosos y en otros no tanto, aunque nunca faltó el apoyo y la sonrisa de los demás para el que no estaba en su mejor día. Baste decir que nos denominábamos “la familia”. Su recuerdo me acompañará allí donde vaya y estoy seguro de que nos volveremos a encontrar. Gracias por vuestra sonrisa, compañía y cariño y sólo siento no haberlo podido expresar en trece palabras, tope que nos poníamos en los correos electrónicos para los compañeros que no tenían el español como lengua materna.

He conocido personas acá que me han dado lecciones de vida que no olvidaré jamás. Luchadores, tenaces y hermosos por dentro, da igual las condiciones que les haya tocado vivir para dar lo mejor de ellas cada día. Gracias a su ejemplo, he renovado mi compromiso de tratar de ser mejor ser humano cada día. Siempre tendrán su lugar en mi corazón.

No he podido cumplir al cien por cien mis ambiciosas aspiraciones que declaré en mi primera entrada. Pero he conocido un país de belleza casi infinita, poblado de gentes afables y buenas. Chile tiene que ser un destino irrenunciable para todos aquellos a los que les gusta viajar y disfrutar de la naturaleza.

Regreso a mi España querida en uno de los momentos más complicados de las últimas décadas y de gran incertidumbre. Pero lo hago con las pilas cargadas, pleno de fuerza, de optimismo y de ganas de contribuir a que salgamos de este estado de tristeza colectiva que se adivina en la distancia.

Termino como empecé, con una frase de los sabios que además saben manejar el lenguaje. En este caso, es de R.M. Rilke:

 “Ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que has vivido”

Muchas gracias por estar ahí y os deseo de corazón que paséis Felices Fiestas y que se cumplan todos vuestros deseos en el 2013.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

La tristeza vaga por Santiago


Una de las cosas que me llamó la atención de mi primer contacto por Santiago fue el número de perros abandonados que te encuentras. Como si fuera el Madrid de los años sesenta, te cruzas con una gran cantidad de ellos, por corto que sea el paseo.



Por la mañana les ves moverse de forma cansina de donde pasan la noche, hacia el lugar en el que alguien les dará sobras o despojos para sobrevivir. Durante el día los ves dormir en cualquier parte, ajenos al bullicio de la gran urbe. No están especialmente delgados, pero sí sucios y con signos de echar de menos una larga visita al veterinario.




Me producen una enorme tristeza verlos todos los días vagando con la mirada perdida, en un lugar que no fue hecho para ellos, y casi, ni para los humanos. No obstante, recuerdo que en España se les recoge, como preludio de una muerte poco menos que segura, y no termino de ver con cuál de las alternativas me quedo. Desconozco si hay otras mejores que sean viables.



Pero, no todos provocan lástima. Me emociona ver muchas mañanas a uno en La Alameda, tan callejero como los demás pero majestuoso como pocos, acompañar con porte militar a una pareja de carabineros que regulan los inevitables tacos de las mañanas santiaguinas.
Desheredado de su destino, ese espléndido animal lleva en sus genes la estirpe de un príncipe, aunque la vida sólo le alcanzó para ser un mendigo. A pesar de ello, pasea con orgullo su condición y estoy convencido que muchos de los perros que duermen a cubierto y tienen garantizada una comida todos los días, le envidian sin saber a ciencia cierta por qué.

No tengo por menos que acordarme de las palabras que escribió Víctor Frankl: “El hombre es el ser que siempre decide lo que es”.
Nosotros no podemos elegir lo que nos pasa, pero sí podemos decidir cómo vivir lo que nos pasa.
Nuestro anónimo protagonista, como si quisiera llevarle la contraria al profesor, ha decidido ascender en la escala evolutiva y ser dueño de sí, a pesar de las circunstancias que le toca vivir.

P.D. Dedicado a quien fue mi amigo y compañero de juegos y paseos, cuya muerte he llorado más que la de muchos humanos.

Si…Piñón, ya salgo,…nos vamos… ¡de paseo!





miércoles, 31 de octubre de 2012

De pingüinos y otros animales simpáticos. Punta Choros y Reserva del Pingüino de Humboldt


Después de un día disfrutando de tierra y cielo, paisajes y estrellas, hoy me encamino a descubrir vida animal salvaje en Punta Choros, donde está la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt.
Pingüino de Humboldt
 Se creó en la década de los ochenta para proteger a este simpático animal cuya población había descendido drásticamente por la caza indiscriminada del hombre y el deterioro de su hábitat natural. La reserva está a 120 km. de La Serena, y los cuarenta últimos es una polvorienta pista de gravilla, pero lo suficientemente plana como para no descoyuntarse demasiado. Mientras la recorríamos, pudimos observar guanacos, camélido salvaje como la vicuña, que no se dejó domesticar como sus primas la alpaca y la llama. Al ver los cerros desnudos, semidesérticos y sólo poblados de inmensos cactus, uno se pregunta cómo pueden alimentarse en este entorno tan hostil.
Guanacos
 Llegamos al embarcadero y a pesar de la temperatura cálida que hacía, observé que el guía cogió del autobús un abrigo impermeable. Allá donde fueres, haz lo que vieres, me dije, y aún a riesgo de ir cargando con ella, hice lo mismo. ¡En buena hora! A pesar de la temperatura exterior, la brisa marina era fría y el sitio que elegí, a babor y bastante adelante, era idóneo para empaparse con el agua que levantaba la barcaza. Total, que con la capucha puesta y la cremallera cerrada hasta los ojos, parecía más un expedicionario del Antártico que un excursionista a la búsqueda de amables pingüinos de clima templado.
Nuestro primer contacto fue con los delfines de nariz chata, hermosos animales que tanta afinidad despiertan al ser humano. Fue delicioso contemplarles nadando plácidamente y hasta alguno nos deleitó con sus acrobacias sacando todo el cuerpo del agua. No es seguro cruzarse con ellos, pero tuve suerte. Las embarcaciones sólo pueden seguirlos durante quince minutos, para no estresarlos y los guías son muy escrupulosos con el cumplimiento de toda la normativa.



 

Jorge era el nombre del que nos acompañó, y amablemente al finalizar el paseo me apuntó el nombre científico de algunos de los animales que vimos. Se nota que amaba su trabajo. Si vais a La Serena y queréis hacer alguna excursión, poneos en contacto con la agencia Ecoturismo.

Nuestra siguiente encuentro fue con los lobos marinos y en concreto una hembra alimentando a su cría.
Los machos son polígamos y conviven con unas diez o doce hembras hasta que un joven les desaloja del harén. Comer, dormir y cuidar el harén, no parece un mal plan, y descansan apaciblemente sobre las rocas, a pesar de que la embarcación se acerca apenas a tres o cuatro metros de ellos, tanto que hasta que te invade el fuerte olor que desprenden las algas adheridas a las rocas.




Tras observar varias docenas de ellos, nos encaminamos a buscar otro de los habitantes de este paraíso: el cormorán Lile. Destaca sobre las rocas por su pico y patas de color rojo.








También contemplamos el alcatraz piquero (Sulla variegata) que llama la atención por la robustez de cuello dotado para soportar las clavadas que hace sobre la superficie del mar para pescar hasta a tres metros de profundidad.



Por último, quedaba el pingüino que da nombre al parque. Lo divisamos en las orillas de la isla, éstos si, a cierta distancia. Nidifican en lo alto de las peñas por lo que cada vez que alimentan a las crías deben emprender el laborioso paseo de subir una cuesta bastante empinada con sus andares característicos. De tanto subir y bajar han dejado un camino que se observa desde la distancia.


Uno de sus depredadores es el lobo marino que habita junto a ellos y sorprende lo próximo que viven unos de otros. Sería emocionante ver al bicho de trescientos kilos de peso perseguir al torpe caminante, que en agua se transmuta en el más hábil nadador.

Por último, desembarcamos en la vecina isla Damas que tiene un par de playas de arena inmaculada y recorrí a pie un sendero que la circunvala, admirando la escasa vegetación compuesta en su mayoría de cactus.









Como siempre me sucede aquí en Chile, el viaje estuvo lleno de contrastes, que creo que es lo que mejor define a esta querida tierra.




sábado, 27 de octubre de 2012

Valle del Elqui: paleta de infinitos colores


De nuevo en camino esta vez en dirección norte.  Mi destino a 515 km  es La Serena y el valle del Elqui, comarca en que se cultiva la uva moscatel con la que se fabrica la bebida nacional: el pisco.

La carretera discurre en su mayor parte, al borde del mar, lo que permite disfrutar del maravilloso paisaje de una costa sin urbanizar repleta de acantilados y playas de arena blanca. El futuro turístico de este país es casi infinito. Ojalá no cometan los errores que se dieron es España y conserven la hermosura de los paisajes sin hollar. Está tan poco urbanizado de hasta hay un  dicho chileno: “Como de los Vilos a Tongoy: nada”. La distancia entre esas dos localidades es como de 300 km.

Después de seis horas de viaje tranquilo, con unas cuantas visitas a las bencineras, llegué a La Serena. Es un centro turístico a lo largo de una inmensa playa que conserva  el centro histórico con iglesias antiguas y una deliciosa plaza. Merece la pena darse un paseo y mezclarse con los lugareños que por la tarde abarrotan las calles principales.

A la mañana siguiente,  destino Cochiguaz,  diminuta localidad al fondo de un valle y que es centro de peregrinación de aficionados al esoterismo. Por el camino que sale de La Serena, vamos ascendiendo y los cerros van poco a poco abrazándonos y mostrando sus tonalidades que van del café al rojo pálido. Al comienzo el valle es amplio y toda la superficie está cubierta de vides que acababan de echar sus primeras hojas de ese verde tan fresco que las caracteriza.
Hago un alto en el camino y en lo alto de un cerro, colgado del azul profundo de este cielo privilegiado, se distingue una construcción humana. Sólo puede ser una en ese entorno tan inhóspito: el observatorio de Cerro Tololo,  que durante años tuvo uno de los telescopios con diámetro mayor del mundo (4 metros) y que se ha quedado como un bebé si se compara con los cercanos de Cerro Paranal (8 metros) y el proyecto que acaba de comenzar en el Cerro Armazones, que tendrá un espejo segmentado equivalente a 39 metros de diámetro. El avance tecnológico del hombre parece que no tiene fin.
Abandonamos el valle por donde discurre el Elqui y remontamos el pequeño rio Claro, que se alimenta de las nieves de los cerros más altos y de una caudalosa cascada que surge en mitad de una ladera. El borde de la capa freática húmeda es perfectamente identificable porque alberga árboles y vegetación en un ancho de unos diez o quince metros. Arriba o debajo de ella, con suerte, sólo crece algún cactus. Este recorrido es de una belleza singular.

Aquí el valle es muy angosto y en los cerros apenas crece  nada de forma natural, pero si se percibe la mano del hombre. Metro a metro, y con inclinaciones de hasta treinta grados, el agricultor le ha ido ganando espacio a la desnudez del cerro, y plantaciones de vides verdean las laderas antes de que aparezca, con brutal contraste, la tierra pelada. Por encima, el azul intenso y puro del cielo más claro del planeta completa esta paleta de una riqueza cromática sin igual.

Para completar este día de disfrute colorístico, faltaba uno: el color negro. Por la noche tenía contratada una visita al observatorio de Mamalluca, centro de divulgación de la observación astronómica que cuenta en sus instalaciones con varios telescopios de aficionado para completar con una cúpula con un telescopio S/C de 400 cm. de diámetro de los espejos que permite una observación fabulosa de los objetos de cielo profundo. Mamalluca está como a 10 km. de Vicuña, y te acercan en autobús subiendo otro de los cerros que envuelven el pueblo, hasta ponerte en contacto con el cielo más hermoso que se puede contemplar en este planeta. ¡Por fin veía el cielo austral! Y creedme que no me decepcionó.





Disfruté con la mejor visión que se puede tener de la Vía Láctea, nuestra verdadera casa universal, que no entiende de disputas regionalistas en ninguno de los millones de planetas y estrellas que la componen. Demasiado grande para malgastar el tiempo en esos pequeños asuntos mundanos. Me emocioné contemplando las mayores nebulosas que se pueden ver a simple vista, Las nubes de Magallanes, con un tamaño relativo mayor que el disco de una luna llena. Me sorprendió la hermosura de la constelación de Escorpio, quizás la única en la que no hay que tirar de mucha imaginación para descubrir porqué los griegos le pusieron ese nombre. Ya con el telescopio, descubrí el segundo cumulo globular más masivo de nuestra galaxia, El Cúmulo Tucán, contemplé un cúmulo abierto, y terminamos con la visión en el gran telescopio de la Galaxia de la Tarántula, objeto imposible de ver si no es con estos medios.

Agotado pero feliz, me dormí sintiendo lástima de aquellos que para vivir experiencias alucinógenas recurrieron al LSD, cuando una simple mirada a tu alrededor te puede poner en contacto con la belleza y la paz más absolutas.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Viaje a Concepción. Hacia el epicentro del gran terremoto


Por fin, iba a salir de Santiago. Alquilé un coche pequeño y carretera al Sur, sin plan definido. El alquiler de coche es sensiblemente más caro que en España. La revisión a la entrega es exhaustiva. Te hacen firmar un papel en el que están descritas sobre varias figuras del coche, todas las imperfecciones que tiene el vehículo. Desde microscópicas muescas sin pintura, hasta algún pequeño bollo. Supongo que lo hacen para intimidar y para que cuides el coche. Más adelante entendí por qué.

En Chile no tienen muchos problemas con la señalización en las carreteras. Es fácil, “Al Norte” o “Al Sur” sin carreteras radiales, ni autonómicas, ni provinciales, ni nada de nada.

Una vez en camino, empiezan los descubrimientos. La Panamericana, es una vía de dos carriles por sentido, que no está vallada lo que hace que continuamente crucen personas y animales por ella que le da un plus de peligrosidad. Para que os hagáis una idea, las gallinas picotean el suelo en busca de gusanos a un par de metros de gigantescos camiones articulados que discurren a gran velocidad.
También se pasa algún lugar de nombre singular: Peor es nada. Me quedé con ganas de saber cómo se llaman los que nacen en tan extraño lugar.

Otra de las características del recorrido es la presencia de vendedores ambulantes de todo tipo de productos. Quesos, pan amasado, dulces, naranjas, choclo (maíz) y muchas cosas más. Están por todo el recorrido y en especial en los peajes de la autopista. Pero lo que me intrigaba eran los que agitaban una bolsa de plástico blanca y sostenían un palo del que colgaba una cuerda y unos objetos anudados a ella: cangrejos y camarones de rio. No quise probar ninguno, que no me fio mucho de la fortaleza de mis intestinos.

Durante el trayecto hay que ir abonando distintos peajes ya que toda la carretera es de pago. Un trayecto de 500 kilómetros cuesta cerca de 15 “lucas” (quince mil pesos chilenos, unos 25 euros).

Alrededor de 100 kilómetros de Santiago hacia el sur, está una de las regiones vitivinícolas más famosas de Chile. Durante el trayecto puedes ver los márgenes de la carretera repletos de vides que apenas han echado las primeras hojas. Es una buena ocasión para conocer el valle de Colchagua y Santa Cruz. Yo opté para dejarlo para una ocasión posterior dada su cercanía a Santiago y el mal tiempo que me acompañaba. Mis compañeros chilenos me dijeron que se acordaron mucho de mi, porque a estas alturas del año no suele llover y la temperatura es suave, todo lo contrario de lo que me acompañó casi todo el fin de semana.

Todo el camino se hace entre las dos cordilleras, la del interior y la de la costa, pero a partir de los 200 kilómetros pierdes contacto visual con ellas.

Durante el trayecto conviene estar pendiente de la velocidad, porque hay controles y si sobrepasas ampliamente el límite de velocidad y un radar lo detecta, te pueden impedir seguir conduciendo, con el consiguiente trastorno si vas sólo en el coche, que era mi caso.

Por supuesto que también no puedes probar ni gota de alcohol cuando manejas. Desde hace unos meses se ha instaurado la tolerancia cero y el riesgo de terminar en un calabozo chileno te hace olvidar las delicias del pisco sour y el vino de uva Carmenere.

Después de cuatro horas en las que se puede hacer una media de 90-100 km. a la hora, pendiente eso si de hombre y animales cruzando la vía, comenzó mi primera emoción fuerte. Absorto estaba mirando el paisaje cuando vi que mi depósito de gasolina, de bencina acá, estaba al 30%. Va siendo hora de llenar, me dije. Y según pensaba en ello, desapareció una raya más: depósito al 20%. Hay que espabilar Chema y encontrar una bencinería. Calculaba que tenía para unos cien kilómetros, por lo que no debería tener problemas. ¡Infeliz! Los kilómetros pasaban y de bombas de bencina, nada de nada. En esto que me  salto una. ¡Pero si no estaba anunciada! Y mientras me maldecía, me salté otra que estaba pegada a menos de dos km. ¡Qué forma más rara de competencia! Otra línea menos, 10% del depósito. Acto seguido, venía la desviación para coger la autopista de Itata en dirección a Concepción, y supuse que encontraría alguna. ¡Ja! Quinta velocidad y 80 km/hora. Paisaje maravilloso, bosques y bruma, pero de civilización y personas, nada de nada. Ni casas, ni por su puesto bencinerías.

De pronto veo a tres hombres en medio del monte acarreando leña. Paro y les pregunto. Me dicen que me de media vuelta y vuelva a las que me salté. Llevaba 20 kilómetros recorridos desde ellas con lo que llegaría con el depósito vacío. Después de acordarme de unos cuantos santos y rezar todo lo que recordaba llegué a la gasolinera. Empieza a caer la bencina en el depósito y por el ruido el empleado me dice: Llevaba poco, ¿no? Yo sólo podía sonreír, al haber salvado mi primer y único match-ball de la etapa. Desde el punto en que me di media vuelta, la siguiente bencinería estaba a 50 km., por lo que me habría quedado tirado, sin duda. Estaba a punto de protagonizar en primera persona lo que aquí llaman “la pana del tonto”. Nunca apuréis el depósito por aquí. El haber acuñado esa expresión es claro índice de lo habitual que tiene que ser que les suceda a los extranjeros.

Llegué a Concepción anocheciendo y cansado de tantas emociones. A ver que me depara el día siguiente.

Pues se resume en una palabra: Lluvia. A pesar de que no era ya la época y que no llovía de esta manera desde hacia treinta años, me tocó a mi. Nada de intentar ir a las Termas de Chillán, situadas a más de dos mil metros de altitud tras recorrer una empinada carretera llena de curvas y nieve, con las ruedas de mi coche de alquiler que parecían las del auto de Barbie y Ken.

Concepción es la segunda ciudad de Chile. Apenas quedan monumentos en pie, excepto la bellísima catedral, porque es zona de alto riesgo sísmico. Chile cuenta con el triste honor de tener dos de los diez terremotos más destructivos de la historia clasificados desde que se tienen métodos científicos de medición. Son los puestos primero, Valdivia en  1960, y el séptimo, Concepción en 2010. El primero de 9,4 grados en la escala de magnitud de momento (continuación de la de Richter para grandes terremotos) y Concepción de 8,8 Mw. La ciudad entera de Concepción se desplazó más de tres metros al oeste como consecuencia del sismo. El terremoto de Haití fue de 7,0 Mw, para que os hagáis una idea. La ciudad todavía tiene cicatrices, las calles están en muchos lugares abombadas o socavadas, y se advierten grietas en algunos edificios. Ahora entiendo la revisión exhaustiva del coche, es fácil golpear los bajos o dejarte una rueda por las condiciones de la vía. Pero la gente vive tranquila y feliz sabiendo que la tierra volverá a darles un gran susto en el futuro próximo. No pasa nada, volverán a reconstruir sus ciudades. 

Edificio desplomado como consecuencia de un terremoto

A pesar de todo esto, merece mucho la pena una visita a la ciudad, en donde conviven modernos edificios con casas muy humildes.
Al fin, amaneció radiante y decidí visitar el Pacífico en Playa Blanca, una localidad más al sur. A pesar del sol, el viento era frio, pero el bosque llega hasta muy cerca de la orilla y era hermoso ver cómo las gaviotas jugaban a quitarse los restos de cangrejos muertos que había en la arena.



Aproveché para comer en un chiringuito, donde muy amablemente me pusieron la televisión para que viera el Barsa-Real Madrid. No olvidemos que en el primero juega Alexis Sánchez y ya he escrito sobre cómo viven los chilenos todo lo suyo. Cuando me iba, Cristiano Ronaldo metió el primer gol y con todo el personal del restaurante viendo el partido, no podían entender que un madrileño se fuera sin verlo acabar.



Cuando llegó la noche, el cielo estaba de nuevo cubierto por las nubes y se esfumaba mi deseo de ver la noche estrellada austral.

A la mañana siguiente volvió a amanecer lloviendo y comencé el camino de regreso a Santiago. Como no me iba a pasar lo de la otra vez, eché bencina en un punto intermedio para asegurarme la llegada a mi destino. El coche me lo habían dado con el depósito al 90% y quería devolverlo de igual manera, pero la maldición de la bomba de bencina volvió a actuar. Aunque desde que faltaban cincuenta kilómetros para llegar a Santiago estuve poniendo toda mi atención, no vi ninguna gasolinera, lo que provocó que cuando devolví el coche, el empleado sacó una tabla de coste de reposición de la bencina y me metió un rejón de, fácil, 20 lucas de sobrecoste por no haber rellenado el depósito en el camino.

Cansado, pero contento, llegué al hotel con ganas de volver a la carretera, para ir rellenando el depósito en cuantas bencineras se cruzaran en mi camino.