Puerto Natales

Puerto Natales

jueves, 28 de marzo de 2013

Expectativas, compromisos y pan amasado en Puerto Varas



Lago Llanquihue y Puerto Varas



Despego de Punta Arenas para volar 1.600 kilómetros en dirección norte con destino Puerto Montt, capital de la Región de los Lagos.
Una lluvia intensa me recibe a la llegada, como es tradición en esta comarca.
Puerto Montt habita en mi memoria ligado a la canción que Víctor Jara compuso en protesta por la muerte en 1969 de diez personas en el desalojo de unas fincas ocupadas por ellos con la intención de obtener su propiedad por falta de ningún otro uso. Os adjunto un enlace por si queréis recordar la canción https://www.youtube.com/watch?v=KD6PPld4e7c

 A pesar del romántico recuerdo, no consigo encontrar ninguna referencia especialmente positiva que me invite a conocerla más en profundidad, y salgo del aeropuerto con destino a la cercana localidad de Puerto Varas. Es una pequeña y coqueta ciudad a la orilla del lago Llanquihue que tiene su origen a mediados del siglo XIX y fue producto de las iniciativas de colonización del sur de Chile. Poblada en sus comienzos por inmigrantes alemanes y austríacos, su huella permanece en los edificios y, cómo no, en la gastronomía. La usaré como base de mis próximas excursiones.

Puerto Varas, lago Llanquihue y volcanes Osorno y Calbuco


El primer día lo empleo en recorrer la ciudad tranquilamente, bajo la lluvia, y en degustar su apetitosa gastronomía. Comí en un restaurante en el mercado municipal que nunca habría encontrado sin la ayuda de mis guías y que es cien por cien recomendable, “Donde el Gordito”, es su nombre. En un pequeño comedor tuve ocasión de comer las delicias de la región (inolvidables sus pescados en salsa de jaiba, cangrejo allí, o sus almejas machas al parmesano, con ese maridaje queso-marisco que tanto me llamó la atención al llegar a Chile y que he incorporado a mi gastronomía). Me vence la lluvia y decido reponerme de un resfrío que me traigo del sur, a la espera de nuevas aventuras. 



Amanece sin lluvia, pero plomizo, y sin rastro del volcán Osorno que debería verse en el horizonte. Salgo temprano en un coche alquilado con intención de conocer el Parque Nacional del Alerce Andino, una reserva de un árbol endémico de la zona y que por motivos profesionales conozco sobre el papel desde hace veinte años. Es el alerce (larix) patagónico, fitzroya cupressoides, que en realidad no es un alerce propiamente dicho, pero que así se denominó por su parecido con los auténticos.



 Es una especie muy longeva y se tienen árboles datados con edad superior a los 2.500 años. Pero además, su madera es muy resistente contra la humedad y el ataque de insectos, por lo que era usado en la fabricación de tejas para las cubiertas de los edificios. En la actualidad está protegido y sólo se pueden aprovechar los ejemplares muertos.
No hay demasiadas referencias a este parque en los libros que me guían y obtengo de internet una ruta de entrada por la parte oeste que además me permite bordear el lago Llanquihue.



Intenté comprar algo de comida en Puerto Varas, pero tras varias vueltas con el coche sin poder aparcar cerca de alguna tienda, decidí partir sin avituallamiento, porque algo encontraría en el camino, pensé.
Tomé dirección noroeste hasta Ensenada y luego dirección sur hacia Canutillar con la esperanza de acceder al parque por allí. El paisaje era muy lindo, a pesar de la lluvia, y la carretera discurría entre laderas muy empinadas cubiertas de alerces. No obstante, la pista en la que se había convertido la carretera me obligaba a ir muy despacio y se me estaba haciendo la hora de comer. No había caído en la cuenta de que no había ningún pueblo en el recorrido y la idea de saciar mi apetito con las tristes patatas fritas de bolsa que me acompañaban, no me seducía mucho. En esto que veo una casita muy humilde con un cartel en la puerta: “Hay pan amasado”. ¡Bien! Sólo de pensar en un delicioso pan artesanal recién salido del horno me hizo salivar como una hiena.
o   ¡Buenas tardes! (en Chile se usa esta expresión desde las 12 del mediodía). He visto que tienen pan amasado, ¿tendrían algo para acompañarlo?
o   Claro, creo que me queda algo de cecina. Pase para dentro.
¡Esto ya era demasiado! Sin duda soy un tipo con suerte. La salivación era ya como de una manada de hienas hambrientas. Mi boca se llenó del saber dulce de mí querida cecina de León y el aroma a carne ahumada me pareció que llenaba toda la estancia donde me hizo pasar el amable lugareño. Era el típico colmado de pueblo donde podías encontrar casi de todo.
o   ¿Quiere que le unte mantequilla en el pan?
¡No puede ser! Mantequilla casera para acompañar un bocado de dioses. Temí que todo fuera un sueño y que de pronto me despertara en la habitación del hotel sin haber disfrutado de estos manjares.
Y, efectivamente, desperté súbitamente cuando vi acercarse al tendero con las viandas. La mantequilla era industrial, y la cecina, unas tristes lonchas de jamón york. En fin, al menos el pan era amasado.
Si, si, amasado, pero poco, porque cuando le hinqué el diente al bocadillo, aquello no pasaba por la garganta si no era acompañándole de un trago de agua. Cuando terminé el primero de los dos bocadillos que me prepararon, estaba perfectamente “engollipao”. Sentí mucha nostalgia de las maravillosas marraquetas, otro tipo de pan chileno, que desayunaba todos los días en Santiago. Mi consuelo es que si tenía una avería en el coche, no moriría de hambre porque la digestión del primer bocadillo me iba a durar días. Y todavía me quedaba el segundo….
Esta pequeña anécdota trajo a mi cabeza la cantidad de veces que llenamos de expectativas nuestra vida y que, al no hacerse realidad, nos provocan sufrimiento. El tendero me dio lo que me prometió: pan amasado, cecina (cualquier tipo de embutido en Chile) y mantequilla. Fui yo el que fantaseó con los datos recibidos y el único responsable de mi decepción. Ser consciente de esto último ayuda a superar la desilusión inicial y a ser más dueños de lo que uno puede hacer. Muchas personas viven en mundos de expectativas esperando que les sucedan las cosas que desean, mientras otros optan por el compromiso, honesto y personal, de poner todo de su parte para conseguir sus objetivos. Si hubiera querido tener un almuerzo inolvidable, podría haberme acercado andando a una charcutería de Puerto Varas, comprar alguno de sus embutidos, que los tienen y deliciosos, y un buen pan. Así de sencillo. Continué el camino riéndome de mi mismo y de mi inocencia.
La pista se hacía cada vez más difícil de transitar y estaba empleando demasiado tiempo en llegar al parque. Paré en un puesto de carabineros y me indicaron que por el lado oeste no había ninguna entrada. Me hubiera gustado llegar hasta Contao, apenas a unos cuantos kilómetros más al sur, pero otra vez será. Media vuelta y adiós mi primer objetivo del día.

Saltos de Petrohué y Volcán Osorno


De regreso me acerqué a conocer los saltos del  Petrohué, unos rápidos donde las rocas estrangulan al rio y sus aguas color esmeralda contrastan con las piedras negras de origen volcánico. Para entonces el Osorno se dignaba a mostrarse hasta la mitad de toda su altura, dejando intuir su hermosura.



Por último me acerqué a la localidad de Petrohué, donde al día siguiente tomaría un barco muy temprano para atravesar el lago Todos los Santos, que ya relaté en mi anterior entrada. Algunos de los hombres más ricos de Chile tienen allí su residencia de vacaciones. Os podéis imaginar por qué.

Petrohué


El día no podía terminar mejor, conociendo lugares de una belleza enorme e imprescindibles si se aterriza por aquí.
No me equivocaba, realmente yo era un tipo con suerte, aunque mi estómago, todavía en proceso de digestión del pan amasado, no estuviera muy de acuerdo conmigo aquella noche.








sábado, 9 de marzo de 2013

Elogio a la tristeza. Inteligencia emocional en Región de los Lagos



Volcán Osorno

De todas las emociones, la tristeza es la gran olvidada. Cuando llega a nosotros la rechazamos y procuramos ocupar la mente con esos antídotos que nuestra sociedad nos invita a consumir sin tregua. Si recorremos el mapa de las llamadas emociones básicas, amor, odio, deseo, orgullo, miedo, admiración y alegría, la tristeza es la que peor prensa tiene. De todas las anteriores se ha escrito mucho y tienen un lugar relevante en nuestra cultura y religión occidentales. De la tristeza se huye como de la peste y no nos han enseñado a reconocer el regalo que encierra.

Lago Todos los Santos



Mi intención en esta entrada era relataros el día más feliz que pasé de toda mi estancia en Chile en un recorrido por unos parajes que llenaron mi corazón de alegría y de admiración por la hermosura de la naturaleza. Si tengo que elegir el lugar más bello de todo el país, me quedo con el Lago Todos los Santos, también llamado Lago Esmeralda por el color de sus aguas. 



Rodeado de laderas cubiertas de  selva valdiviana, su pendiente asciende con inclinaciones casi imposibles, para terminar fundiéndose con las cumbres nevadas de volcanes de cuentos de hadas y con las montañas heridas por el hacha de alguno de los titanes que pueblan estos parajes.


Montañas esculpidas a golpes


El volcán Osorno y el Picudo, con sus formas caprichosas, cierran la transición de colores desde el esmeralda al azul intenso del cielo que aquel día el destino me reservó en unas tierras donde la lluvia suele ser la compañera de viaje habitual. 

Volcán Picudo


No tiene la grandeza del Sur y las Torres del Paine (http://elviajedechemaenchile.blogspot.com.es/2013/01/rumbo-al-norte-rumbo-al-sur.html), ni de los campos de hielo que visité cuatro días antes. Tampoco se puede comparar con la inhóspita belleza del Norte, del desierto de Atacama, de sus geiseres de agua hirviendo que dibujan al amanecer paisajes fantasmagóricos (http://elviajedechemaenchile.blogspot.com.es/2013/12/geiseres-del-tatio-y-valle-de-la-luna.html), ni de las lagunas altiplánicas de agua salada en donde habitan como por arte de magia los flamencos. Pero  es el paisaje que más conmovió mi corazón.

Geisers del Tatio, Atacama, Chile


Como contraste con la alegría que siento al recordar ese viaje por la Región de los Lagos, me ha venido a visitar la tristeza y no quiero dejar que se escape sin aceptar el regalo que me trae. 




La tristeza viene lenta, tranquila y predispone tu mente para el crecimiento personal y el descubrimiento de las cosas que tienen verdadero valor en tu vida. Es mensajera del cariño que sientes por seres queridos que están o estuvieron y del vacío que deja en el corazón su ausencia o su sufrimiento.

Narcisos en flor en Peulla, llamados capilotes en León, España


Todos hemos oído hablar de inteligencia emocional, pero si te preguntaran, ¿qué dirías que es?

La teoría la desarrollan Peter Salovey y Jack Meyer en 1990 y la aprovechó el periodista Daniel Goleman en 1995 para popularizarla y acercarla con sencillez al gran público. Me quedo con los fundamentos de los dos primeros, que proponen un modelo de habilidades para el desarrollo de la inteligencia emocional. Se resume en cuatro pasos:

1.     Identificarlas precisamente. ¿Qué estoy sintiendo? Ser consciente de que estás viviendo una emoción, que no puedes controlar, que es transitoria, y que no es un estado de ánimo, definido este con la circunstancia en que una emoción se instala en ti durante un largo periodo de tiempo. El tratamiento de las emociones y los estados de ánimo es muy  distinto. Si queréis profundizar os recomiendo el capítulo VIII del libro “Ontología del lenguaje” del profesor chileno Rafael Echeverría.

Alrededores de Peulla


2.     Usar las emociones. ¿Cómo debo pensar en este momento? ¿Cómo puede influir la emoción que he reconocido con la acción que voy a emprender? Se puede aprender a pensar mejor cuando estamos sintiendo una emoción. No dejarse llevar por un estado de alegría en la toma de una decisión importante, por ejemplo, o dejar que nos paralice el miedo.

Selva fria valdiviana en Peulla


3.     Entender las emociones. ¿Qué estímulo externo me ha causado la emoción? ¿Es proporcional lo que siento y lo que he vivido?

Orillas del lago Todos los Santos


4.     Gestionar las emociones. Una vez completados los pasos anteriores, queda, quizás, el más difícil. Si determinado estímulo me provoca siempre la misma emoción, ¿Qué puedo hacer yo para sentir o no sentir una determinada emoción? ¿Cómo quiero vivir ese momento? ¿Lo quiero vivir? ¿Qué debo hacer cuándo siento la emoción? ¿Qué no?

Cascada "El velo de la novia", Peulla


El también chileno Julio Olaya, escribe un maravilloso ensayo corto sobre la tristeza (http://www.newfield.cl/newsletter/a_tristeza.php)  , que termina así:

“Cuando tengo el privilegio de trabajar con mis estudiantes, uno de los primeros pasos que damos consiste en legitimar la tristeza, en aceptarla como un regalo. Sólo entonces ella tiene lugar para realizar su trabajo y una vez que lo ha hecho, graciosamente se retira dejando el terreno para que la alegría haga el suyo”.






Mi tristeza, como vino, se fue. Si sabes aceptar su regalo, después serás un poco más fuerte y un poco más sabio.

Ahora os dejo, que quiero hacer una cosa que hace un par de horas no tenía en mi agenda.
El sol está saliendo. George Harrison escribió esta obra de arte y Marcela Mangabeira la versionó de una manera deliciosa a ritmo de bossa nova. Os invito a que entre luz y calor en vuestro corazón.

http://www.youtube.com/watch?v=iyKTwu7qVSs&playnext=1&list=PL646F047BE4D84352&feature=results_video




Deseo que disfrutéis, como yo lo estoy haciendo ya, de este maravilloso día.


 Si te ha gustado, deja tu comentario o compártelo con alguien a quien creas que le puede interesar.

domingo, 17 de febrero de 2013

La Ciudad de los Césares. Fiordo Última Esperanza


Fiordo Última Esperanza


En el camastro donde descanso, en el interior de la nao capitana, no dejan de acompañarme las instrucciones que me dio en persona el Santo Emperador Carlos, el Año de Nuestro Señor de 1527


 - Dios le guarde muchos años, Don César, le encargo encontrar y cartografiar el paso que nos acerque a las Indias Orientales que no pudo documentar Magallanes en su vuelta al mundo y que nos dará el control de todo el comercio de las riquezas de las Indias. Sabido es que el Cabo de Hornos está maldito por el diablo y que la única manera de llegar al Oriente es encontrar el recorrido que completó Don Fernando en su viaje. En vos confío y en su destreza de navegante. ¡Id con Dios!
 
De aquella conversación han pasado diez meses. Partimos con tres naves cargadas de víveres y de los mejores marinos que conseguí reclutar. También de algunos locos que se embarcaron a la búsqueda de un futuro que su tierra no les podía proporcionar. A fecha de hoy, se preocupan bastante más del presente y su futuro no llega más allá de cuándo su estómago volverá a sentir el mordisco del hambre. Apenas nos queda la nave principal y cien hombres y mujeres cansados de la mar y de comer los pedazos de pescado en salazón y corteza de tocino de cerdo que constituyen nuestra dieta habitual. Llevamos perdidos en los canales de la tierra del fin del mundo los últimos tres meses. 


Cuando cae el sol podemos ver unas extrañas hogueras que iluminan la costa sur de nuestro recorrido. Como encendidas por espíritus de la noche, despiertan todos los fantasmas que acumulamos desde la niñez.





Después de la última tormenta y acompañados, como casi todos los días, por un viento que nos agota luchando con el timón y las velas para llevar la dirección que queremos, recalamos en un paisaje muy diferente al de las últimas semanas. Una vez que pasamos la que bautizamos como Bahía Inútil, por los recursos que desperdiciamos en su exploración, cruzamos el Paso del Hambre y se produjo un cambio en el paisaje casi mágico. De las tierras yermas del este, en cuestión de unas pocas millas, la naturaleza nos bendijo con un paisaje amable. Bosques y praderas en las nos pudimos abastecer de carne y algunas frutas desconocidas que han levantado la moral de la tripulación y su confianza en el fin de nuestras penas.

No obstante, seguimos perdidos y sin encontrar la salida de este laberinto.


Contemplamos enormes animales descansando encima de las rocas en los bordes de acantilados esculpidos en la roca a golpe de un cincel de magnitudes ciclópeas.


Lobos marinos


Los animales son abundantes en esta región. Divisamos muchos pájaros, e incluso, algunos cuadrúpedos parecidos a pequeños venados que vagan por los pastizales que recorremos. Las tierras son muy verdes y se intuye la fertilidad que acumulan en su interior.





Jamás vi paisajes tan hermosos y tan lejos de la tierra a la que amo. Aquí la mar es calma y los únicos sonidos que escuchamos son el rumor del viento y el sonido de las cascadas y del agua que vuelve a reencontrarse con ella misma en el seno de los fiordos. 


Recién atravesado un cabo, contemplamos algo extraordinario. Una montaña abraza una inmensa pradera helada y la deposita con suavidad hasta besar la superficie del mar. ¿Qué es esta maravilla? Jordán, el único bachiller que nos acompaña, no deja de tomar notas y dibujar todo aquello que vemos, como poseído por la fiebre.


Glaciar Balmaceda


Decido echar el ancla y explorar los alrededores. Una vez en tierra, caminamos unas pocas horas y descubrimos otra lengua de hielo en un entorno amistoso que invita a descansar, a yacer, a quedarse.


Glaciar Serrano

La voz del Emperador resuena en mi cabeza conminándome a seguir la búsqueda…Y me pregunto…

¿La búsqueda de qué? ¿Qué quiero hacer en la vida? Y lo que mi interior inmediatamente me reclama,  ¿Qué quiero hacer con mi vida?

Tengo instrucciones de la más alta autoridad que la historia ha conocido, tengo su mandato y su confianza. Pero… ¿Y yo? ¿Qué quiero?

Ahora siento que soy el guardián del cuerpo y del alma de mi tripulación.  Llevamos seis meses de navegación soportando penurias sin fin y de pronto nos encontramos con una tierra que nos regala un sitio donde vivir. El bachiller me dice que ha creído reconocer indicios de lo que podría ser la presencia de oro o plata y que la tierra es fértil y preparada para alumbrar las pocas semillas que conservamos.


¿Qué debo hacer? O, también, ¿Qué no debo hacer?


Las preguntas se acumulan en mi interior sin saber darles una respuesta. No consigo que el viento que nos acompaña se las lleve lejos de mí. La noche, con la visión de unas estrellas desconocidas hasta para un navegante avezado, me da luz.


Mañana hablaré con mi tripulación. Nuestro barco, el que fuera una nave orgullosa, sólo tiene el aspecto de un cascarón desvencijado con el alma muerta. Nosotros, estamos igual. Somos su espejo.

No quiero seguir el viaje. Escribiré mi renuncia al mandato que me dio el Emperador, y se la  entregaré al viento que siempre nos acompaña para que se lo lleve directamente a Él. No quiero hacer otra cosa. No, a un coste impagable para mí, y para los que quieran ser compañeros de mi nuevo viaje.

Los que deseen continuar, se llevarán la nave para completar la voluntad del Emperador y regresar a su tierra. Yo, encontré otra. 
Probaremos a fundar una ciudad, quizás, La ciudad de los Césares.


La Ciudad de los Césares…


domingo, 3 de febrero de 2013

Perito Moreno. Esculturas en el hielo.


Cinco treinta de la madrugada. Sin apenas tiempo de dejar descansar mi mente de las emociones vividas unas pocas horas atrás, me espera un minibús que me llevará hasta Argentina, a conocer el glaciar más famoso del planeta, el Perito Moreno. Debe su fama a la facilidad de acceso a su frente y, cómo no, a su hermosura.


El trayecto desde Puerto Natales dura cerca de seis horas de ida y otras tantas de vuelta. A pesar de su relativa cercanía, el trayecto por carretera describe una gran curva para cruzar Los Andes y, tras bordear el Lago Argentino, llegar hasta el mismo frente del glaciar. El recorrido atraviesa la frontera con Argentina y el paisaje muta desde los alegres bosques y praderas chilenas a la estepa patagónica argentina, un paisaje árido y semidesértico, en el que apenas crecen unos tristes matojos de plantas de tonos ocres. Durante horas nos acompaña una persistente lluvia que no es capaz de arrancar ninguna otra vegetación de esa tierra yerma.

Ya dentro del vehículo, nos comunican que la entrada al Parque de los Glaciares sólo se puede pagar en pesos argentinos o en dólares americanos, por lo que tenía que buscar la forma de cambiar algo de moneda chilena, cosa que conseguí rápidamente al entablar conversación con el conductor. Me dijo que hacia el mismo trayecto todos los días, doce horas de conducción, siete días a la semana.
- Un poco aburrido, ¿no?.
- ¡No! Me gusta conducir, respondió.
Y buena prueba de ello tuve después.
Ante la primera visión del glaciar, se te olvidan las horas de coche que llevas en el cuerpo. Un frente de 5 kilómetros de ancho y sesenta metros de altura vertical vuelven a despertar la sorpresa que me acompaña desde que empecé mi viaje.



El viento que me acaricia viene después de haber sobrevolado la enorme superficie helada y su aroma es de una pureza absoluta. Frio glaciar, de verdad, no metafórico. Son treinta kilómetros de longitud, de hielos que se formaron más o menos cuando nací, aunque en el fondo prefiero pensar que están allí esperándome desde hace miles de años.



El espectáculo lo contemplas en absoluto silencio hasta que todo se llena de un crujido sordo, prolegómeno del derrumbe de una pared, como estertores del ciclo de la vida que está ya comenzando en el circo del glaciar donde nieva a treinta kilómetros de distancia. Esa nieve llegará hasta aquí dentro de cincuenta años. Espero estar para verla.

Vamos a acercarnos un poco más.
Una embarcación te lleva hasta la cara este del glaciar para poder contemplar desde el nivel del lago la enormidad del muro. Visto desde la base, se acrecienta su magnitud. Lo que más me llamó la atención fueron las esculturas de hielo que se adivinaban en la parte superior. Como esculpidas por un travieso artista, intuía manos entrelazadas, tortugas y hasta a un Don Quijote pidiéndole explicaciones a un personaje sin nombre.





Cargado de momentos y de imágenes para conservar en la memoria, regresamos a Puerto Natales.
En el viaje de vuelta, pruebo a dormir algún rato, cosa que no es muy difícil por el déficit de horas de sueño que llevo acumuladas. Parada en El Calafate para comer a las cinco de la tarde, donde doy buena cuenta de una milanesa, un filete empanado, con patatas, que me sabe a gloria. Vuelta al bus para dormir un poco.
Después de un par de horas de sueño entrecortado en el asiento, noto cómo cada vez el vehículo se mueve más. Abro los ojos y contemplo a mis compañeros de viaje con la cara demudada en la que se atisba algo de miedo.
¿Qué pasa?
Nuestro conductor, está disfrutando de la conducción y nos lleva volando por la carretera húmeda de vuelta a Chile. Desde mi asiento puedo ver la velocidad y vamos a 110-120 kilómetros por hora, cuando la velocidad está limitada a 100. En los autobuses de línea regular, los pasajeros tienen una pantalla para ver la velocidad a la que se circula, y la compañía avisa de que se puede protestar si se supera esa velocidad. Cual protagonista de anuncio de BMW (¿te gusta conducir?..), nuestro piloto devora kilómetros de vuelta a casa. No me preocuparía demasiado si no fuera porque advierto que sus movimientos en el asiento, denotan cansancio y lucha interna contra el sueño. Tras una breve conversación con unos compatriotas con los que bromeo sobre las dotes de conducción de nuestro chofer, decido tomar cartas en el asunto. Mi madre tenía una táctica infalible para moderar la velocidad de los aspirantes a pilotos de fórmula 1.
-        ¡Jefe! Estoy mareado, ¿podría ir un poco más despacio?...Por favor…..
-        ¿Qué? (Volviendo la cabeza y dejando de mirar a la carretera por unos instantes que me parecieron interminables….)
-        Que no me siento bien….¿tiene bolsas para vomitar? Tengo la guata (tripa, estómago) muy revuelta.
-        ¡Vale!
Sonrisas cómplices entre los pasajeros más cercanos. Reduce la velocidad a 100 por hora. Bueno.
Llegamos al puesto fronterizo para dejar Argentina.
Dos agentes de aduanas verifican nuestros papeles. Los trámites son ágiles hasta que una de mis compañeras de aventuras entrega los papeles de entrada al país. Ningún problema. Ella es brasileña y con una sonrisa encantadora. El agente de aduanas, deja el mostrador y directamente se dirige a conversar con ella con la más amable disposición. Los demás esperamos pacientemente que el único responsable de dejarnos salir de Argentina, vise todos nuestros papeles. El agente charlatán no la deja ni a sol ni a sombra. Ya estamos todos de vuelta en el bus y nuestra compañera no puede escapar del solícito funcionario. Por fin, consigue librarse de él y regresar con nosotros. Ella está irritada porque le desagrada que todos los hombres vean en las brasileñas sólo samba y playa. No he conseguido hacerle comprender que con la sonrisa que regala, no puede esperar mucho más de la condición masculina, muy a mi pesar por lo que me toca como hombre, dicho sea de paso.
La profesionalidad y competencia en el trabajo de los brasileños es de las cosas que más me ha gustado descubrir de mi viaje. Quizás también yo me dejaba deslumbrar por los recuerdos de mi viaje a Rio de Janeiro años atrás. Brasil es un país de futuro, pero no por el futbol, las olimpiadas, los carnavales o las playas, sino básicamente, por la gente que lo habita, alegre, trabajadora y comprometida. No hay nada como viajar y compartir, para limpiar la mente de creencias y prejuicios.
La carretera de vuelta a Chile se convierte en una pista auxiliar de servicio de gravilla porque la vía  principal está en obras. Húmeda y cuesta abajo, bajamos a cien por hora como si estuviéramos en la autopista.
-        ¡Jefe! Estoy a punto de vomitar.
Último intento de que sea algo empático.
Gira la cabeza, y regularmente cada treinta segundos, vuelve a mirarme como hechizado por mis lamentos. Ya no puedo más.
-        ¡Gracias jefe! Me encuentro mucho mejor.
Abandono toda esperanza de conseguir que modere su velocidad, y sólo confío en que San Cristóbal tenga influencia por estos lares.
La llegada a Puerto Natales, a las diez de la noche, nos regala una puesta de sol de las de no olvidar. En el diciembre austral, los días tienen cerca de veinte horas de luz. No la no pudimos fotografiar desde tierra por las ganas que teníamos de que parara la coctelera en la llevábamos agitados las últimas seis horas.
Cuando llegamos, estuve a punto de arrodillarme y besar el suelo, pero sólo me dio para desearles buena suerte a los futuros y anónimos viajeros de nuestro conductor.
Nos damos un homenaje con una buena cena, la mítica centolla magallánica y algo de cordero asado al palo, sentados al lado de la lumbre donde se cocina.
Mañana embarcamos para conocer los fiordos de los alrededores, que tanto maldijeron los navegantes de hace varios siglos mientras intentaban completar el camino del Estrecho de Magallanes que evitaba el Cabo de Hornos, perdidos en un laberinto, tan hermoso como mortal para ellos.
Nosotros lo tendremos más fácil.
O eso espero, mientras por un momento imagino, como en una pesadilla, al capitán del barco diciendo eso de…¡me gusta navegar!

lunes, 14 de enero de 2013

Torres del Paine. Rumbo al Norte, rumbo al Sur.




Cuando escribo estas líneas, estoy en el avión que me lleva de regreso a España, a mi tierra. Extrañamente en vez de tomar el camino más corto, se aleja hacia la costa chilena y sobrevuela el Pacífico como intentando que me despida del océano y me permite fotografiar la piscina más grande del mundo, de un kilómetro de longitud.


Algarrobo. A la izquierda se puede ver las piscina más grande del mundo

Pero en realidad, mi mente está ahora en el Sur y en el viaje que realicé a conocer La Patagonia. Debe su nombre esta región a la de sus pobladores primitivos, llamados patagones por su estatura y sus grandes pies.

En vuelo nocturno aterricé en Punta Arenas, después de tres horas y media de viaje desde Santiago. Es la capital de la provincia de Última Esperanza, nombre que la leyenda atribuye a un explorador en su último intento de encontrarla la salida del Estrecho de Magallanes y sus laberínticos canales. La ciudad se asoma a él y se divisa la vecina isla de Tierra del Fuego. Es un lugar de tranquilas aguas que ahorra el paso por el Cabo de Hornos y sus temibles tormentas. 


Puerto Natales

Aunque el agua es relativamente calma en el estrecho, el viento castiga toda la provincia y es raro el día en que no arrecia. Si viajáis allí, contad con que los aviones sólo pueden despegar si el viento es inferior a 115 kilómetros por hora y esa circunstancia puede trastocar algún plan de enlaces aéreos.





Sin dormir, pero con infinitas ganas de empezar la aventura, salí en autobús con destino a Puerto Natales, una pequeña ciudad a 250 km. al norte de Punta Arenas y que sirve como base para conocer el Campo de Hielo Sur, la tercera reserva de agua dulce del planeta, después de la Antártida y Groenlandia. Antaño puerto referente del paso al Pacífico desde Europa, la construcción del Canal de Panamá lo sumió en una depresión que sólo mitigan ahora las explotaciones petrolíferas, la ganadería y la actividad turística.

Laguna Amarga

Al contemplar los paisajes de esta tierra Charles Darwin escribió: “Al evocar imágenes del pasado, frecuentemente cruzan ante mis ojos las planicies de la Patagonia. Entonces, ¿por qué esas áridas extensiones se han aferrado a mi memoria con tanta firmeza?”.


Valle del Francés

Hoy mi destino era el Parque Nacional Torres del Paine, la foto que se convirtió en portada de este blog. Ya según se acerca uno a Puerto Natales, se empieza a intuir la inmensa belleza de las montañas que lo circundan. Se las divisa allá a lo lejos entre el laberinto de fiordos y canales que forman el paisaje.

Cuernos del Paine

El recorrido de aproximación al parque comienza en el lago Sarmiento, uno de los que nos iremos encontrando a lo largo del recorrido, cada cual con un color más increíble.



En Laguna Amarga, descubro otras gamas de azules, y me sorprende ver a los guanacos y los flamencos conviviendo en un lugar tan inhóspito como paradisiaco.



Contemplar el macizo del Paine de cerca es una visión emocionante. Desde la altura a la que lo miras, se yerguen 2.500 metros de desnivel de montañas agrestes de colores imposibles que nunca había conocido.


Para mis amigos de Riaño, desde el pueblo al Yordas, hay 1.000 metros de desnivel, y lo otro más impresionante que había visto, en Ordesa, la diferencia de cotas entre la llanura y los picos circundantes, a duras penas alcanza los 1.500 metros. No alcanzo a juntar palabras para describir la emoción que sentí. Paraíso de montañeros y escaladores, me debo a mi mismo el hacer algún día el recorrido de la “W” durante una semana, para conocer realmente este lugar.


El recorrido termina en el lago Grey, desembocadura del glaciar del mismo nombre y que está salpicado de bloques de hielo desprendidos de su lengua a modo de gigantes piedras heladas de un gin-tonic servido para los titanes que reinan aquí.





Pero el viaje por La Patagonia sólo había comenzado. Cuatro horas de sueño y parto para Argentina. Me espera el glaciar más conocido del planeta.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Confieso que he vivido


El título que le he dado a esta entrada es el que le dio Pablo Neruda a sus memorias y resume de forma magistral, en cuatro palabras que son poesía en estado puro, lo que a continuación intentaré expresar.

En el momento actual, preparo mi vuelta a España. Tengo más experiencias que compartir, y lo haré en sucesivas entradas que completen mi visión de Chile. No obstante, creo que es un momento de reflexión y de palabras para los que han hecho posible esta maravillosa experiencia.

En primer lugar quiero mostrar mi agradecimiento al Grupo en el que trabajo, el Grupo Santander. En tiempos en los que el sector bancario mundial tiene su imagen muy deteriorada,  me siento orgulloso de pertenecer a una gran empresa, líder en fortaleza económica y que cuida del desarrollo, humano y profesional, de los que trabajamos en ella. Mis compañeros chilenos, han conseguido que me sintiera arropado y en todo momento han estado junto a mí para hacer de esta pasantía una vivencia enriquecedora e inolvidable.

En segundo lugar, a mi familia. Sin su generosidad, no me habría posible separarme de ellos durante este largo periodo de tiempo, habiéndoles negado mi compañía, aunque seguro que en algún momento disfrutaron de mi ausencia, para qué nos vamos a engañar. Me siento en deuda con ellos y procuraré compensarles.

Otra mención especial merecen mis compañeros de pasantía. Venidos de distintas partes del mundo, hemos compartido nuestras distintas formas de entender la vida y estado juntos en momentos maravillosos y en otros no tanto, aunque nunca faltó el apoyo y la sonrisa de los demás para el que no estaba en su mejor día. Baste decir que nos denominábamos “la familia”. Su recuerdo me acompañará allí donde vaya y estoy seguro de que nos volveremos a encontrar. Gracias por vuestra sonrisa, compañía y cariño y sólo siento no haberlo podido expresar en trece palabras, tope que nos poníamos en los correos electrónicos para los compañeros que no tenían el español como lengua materna.

He conocido personas acá que me han dado lecciones de vida que no olvidaré jamás. Luchadores, tenaces y hermosos por dentro, da igual las condiciones que les haya tocado vivir para dar lo mejor de ellas cada día. Gracias a su ejemplo, he renovado mi compromiso de tratar de ser mejor ser humano cada día. Siempre tendrán su lugar en mi corazón.

No he podido cumplir al cien por cien mis ambiciosas aspiraciones que declaré en mi primera entrada. Pero he conocido un país de belleza casi infinita, poblado de gentes afables y buenas. Chile tiene que ser un destino irrenunciable para todos aquellos a los que les gusta viajar y disfrutar de la naturaleza.

Regreso a mi España querida en uno de los momentos más complicados de las últimas décadas y de gran incertidumbre. Pero lo hago con las pilas cargadas, pleno de fuerza, de optimismo y de ganas de contribuir a que salgamos de este estado de tristeza colectiva que se adivina en la distancia.

Termino como empecé, con una frase de los sabios que además saben manejar el lenguaje. En este caso, es de R.M. Rilke:

 “Ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que has vivido”

Muchas gracias por estar ahí y os deseo de corazón que paséis Felices Fiestas y que se cumplan todos vuestros deseos en el 2013.