Puerto Natales

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domingo, 16 de septiembre de 2012

Y tu, ¿pides o exiges? Barrios de Bellavista y Lastarria


El segundo día en Santiago, opté por hacer un recorrido por los barrios de Bellavista y Bellas Artes.


Bellavista está enclavado al pie del cerro San Cristóbal, el pulmón vegetal de Santiago, que no puede luchar con el valle encajonado en el que habita ni con los millones de coches que compiten contra él.


Aquí me vuelve la duda sobre la decadencia de ciertas zonas de la ciudad. Este barrio, ahora mismo, es la zona de marcha, de carrete, como decimos aquí, lo que no impide que haya una gran cantidad de chalecitos testigos de tiempos mejores. Con afán de ir recuperando la zona se ha arreglado un antiguo edificio, antiguo dormitorio comunal de trabajadores, emplazando en él tiendas y restaurantes, que dan aire de privilegio a los que los disfrutan. Prefiero la zona exterior con churrasquerías, hamburgueserías y bares de copa típicos del país. Después de peinar la zona, había reservado en el restaurante “Azul profundo” del que me habían dado muy buenas referencias, para comer pescado. El sitio es pequeño y coqueto, sin grandes comodidades, pero la cocina y el servicio con espectaculares.


La ventaja de viajar solo es que te permite estar pendiente de detalles que de otra forma te perderías. Los compañeros involuntarios de esta comida fueron una pareja en una mesa, y una familia de adultos en otra. Respecto de la pareja, jamás entenderé porque el ser humano se empeña en dar las malas noticias en sitios maravillosos, comiendo divinamente, pero en medio de un montón de gente, teniendo que hacer esfuerzos ímprobos por llorar de una manera digna. Apenas había tomado asiento y estaba empezando a leer la carta de suculentos platos, escuché la conversación del grupo que tenía a mi vera. Una joven ponía en común con sus padres el punto de vista de Humberto Maturana en relación con las protestas que estaban llevando a cabo los estudiantes en los últimos años. ¿Maturana? Si es que estoy medio sordo, pensé. No puede ser que el primer día que salgo a comer en Santiago me encuentre con él. Maturana es un ser humano especial. Inspirador del coaching ontológico de Rafael Echeverría, su voz joven de ochenta y dos años y sus ideas más, siguen siendo faro para algunos de nosotros. Los estudiantes chilenos están demandando un cambio en la educación que a la fecha de hoy es un bien, que no un derecho, muy caro, ya sea la pública o la privada. Pero hay que poner en contexto de historia reciente la protesta. Desde que se reinstauró la democracia en Chile ha gobernado durante veinte años una coalición que aglutinaba la izquierda política hasta que hace dos ganó las elecciones la Coalición por el Cambio de centroderecha. La izquierda durante esos veinte años apenas cambió el marco jurídico para mejorar la financiación de la educación, pero las protestas de los estudiantes puede convertirse en ariete del cambio en las próximas elecciones en las que es más que probable que se presente de nuevo, la expresidenta Michelle Bachelet. Esto me recuerda poderosamente los tiempos que estamos viviendo en España.
Prefiero quedarme con el pensamiento de Maturana y si no, os invito al ejercicio que hace al reflexionar sobre este conflicto y al presentarnos una distinción lingüística fundamental en nuestros días: pedir o exigir. Volveremos a hablar de las distinciones lingüísticas más en profundidad en una entrada posterior.

Decidí centrarme en aspectos más mundanos y di buena cuenta de un caldillo de congrio y un atún de la isla de pascua glaseado, con miel, salsa de soja, vino blanco y sésamo.


Por cierto, el caldillo de congrio tiene el privilegio de tener una oda compuesta por un premio Nobel, Pablo Neruda:

En el mar
tormentoso
de Chile
vive el rosado congrio,
gigante anguila
de nevada carne.
Y en las ollas
chilenas,
en la costa,
nació el caldillo
grávido y suculento,
provechoso.
Lleven a la cocina
el congrio desollado,
su piel manchada cede
como un guante
y al descubierto queda
entonces
el racimo del mar,
el congrio tierno
reluce
ya desnudo,
preparado
para nuestro apetito.
Ahora
recoges
ajos,
acaricia primero
ese marfil
precioso,
huele
su fragancia iracunda,
entonces
deja el ajo picado
caer con la cebolla
y el tomate
hasta que la cebolla
tenga color de oro.
Mientras tanto
se cuecen
con el vapor
los regios
camarones marinos
y cuando ya llegaron
a su punto,
cuando cuajó el sabor
en una salsa
formada por el jugo
del océano
y por el agua clara
que desprendió la luz de la cebolla,
entonces
que entre el congrio
y se sumerja en gloria,
que en la olla
se aceite,
se contraiga y se impregne.
Ya sólo es necesario
dejar en el manjar
caer la crema
como una rosa espesa,
y al fuego
lentamente
entregar el tesoro
hasta que en el caldillo
se calienten
las esencias de Chile,
y a la mesa
lleguen recién casados
los sabores
del mar y de la tierra
para que en ese plato
tú conozcas el cielo.

Desde que leí este poema, ya estaba esperando el momento de probarlo. Como veis es fácil de cocinar y con la suficiente cantidad de congrio, patatas y camarones (gamba gorda) es un magnífico plato único para los fríos días de otoño a los que os encamináis.

Después de comer, crucé de vuelta el río Mapocho


que atraviesa la ciudad y me adentré en el Barrio de Bellas Artes, donde se enclava el museo y el parque del mismo nombre, lugar a esas horas de multitud de jóvenes y no tan jóvenes, que se emplean a fondo a las actividades habituales que se practican en ellos. A pesar de que todavía estamos en invierno, la temperatura a mediodía ronda los veinte grados y muchos se dedican a esa tarea tan española de echarse la siesta, que visto lo visto, se podría decir que también es bastante chilena.


Por último visité el mercadillo de libros usados que se instala en alguna de las calles del barrio Lastarría. Este barrio se merece una entrada completa.
No deja de fascinarme la relación de los chilenos con los libros. No entendía cómo hay tantos mercadillos de libros usados hasta que fui a comprar uno nuevo: son muy caros. Me dijeron que tienen unos impuestos muy elevados. En mi fuero interno sentí una envidia sana. En nuestro país, los impuestos elevados, los ponen mayoritariamente al tabaco, al alcohol y la gasolina, artículos de los que no podemos prescindir. En Chile se lo ponen a los libros. ¡País! Que diría Forges.
Como cierre, no os perdáis en una imagen tomada al azar, los libros que se venden en el mercadillo: "La lucha del partido bolchevique contra el trostkismo" convive con "Itinerario del marxismo a Cristo", "El primer hombre" de Camus y, por supuesto, "Ontología del lenguaje" de Rafael Echeverría.



País fascinante lleno de gente maravillosa. ¿Se puede pedir más?




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