Puerto Natales

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lunes, 10 de septiembre de 2012

Conociendo Santiago

Y el viaje comenzó.
Después de once horas de vuelo, empieza a amanecer el día 31 de agosto. Gracias a ello puedo contemplar la cordillera de los Andes, tantas veces soñada por mí leyendo la aventura de Tintín, “El templo del sol”. El avión entra por el norte de Chile, la zona más seca del planeta y no se advierte ninguna señal de vida vegetal. Su aspecto desde el aire es de un sinfín de espinas dorsales de esqueletos de gigantescos dinosaurios que se hubieran acostado unos sobre otros para morir a la vez. El más grande en el centro y los demás a sus lados en riguroso orden decreciente de tamaño. Es fácil entender cómo se formó esta cordillera. El choque entre las dos placas tectónicas que siluetean el contorno oeste de América del Sur marca el discurrir de sus habitantes: su orografía y su sismología son dos elementos naturales que condicionan toda la vida de esta región del planeta. Lo normal es que note un terremoto de grado 5, al menos. Lo contaré.
Cuando pasamos sobre la zona de más altura, se divisa un glaciar. Su nieve fósil se desborda del circo de montañas como si fuera de merengue, o de yogur, detenida como en una fotografía tomada hace millones de años.
Ya en Santiago, mi primer contacto personal con el país y su gente es, como suele ser habitual, a través de un taxista. Es gentil y amable. Se muestra sinceramente orgulloso de su país. Tarda poco en ponerte al día de sus ascendientes españoles, pero dejando muy claro su condición de chileno (¡Y de los Andes!). La ciudad despierta con una característica niebla con elevada concentración de polución, pero rápidamente nuestro interlocutor avisa de que en septiembre empezará a correr la brisa y la despejará, como si quisiera disculparla por no darle la razón mientras cantaba alabanzas a su país.
En cuanto estoy instalado, me calzo unas zapatillas y a patear la ciudad.
Recorro la arteria principal, la Avenida de la Alameda y ya no dejo de encontrarme con edificios de los que he oído hablar centenares de veces: La Universidad Católica de Chile, el Cerro Santa Lucía, la Biblioteca Nacional y, en breve, el Palacio de la Moneda, allí donde terminó sus días Salvador Allende y aquel experimento de socialismo a la chilena un once de septiembre de 1973, día de mi décimo cumpleaños. No obstante, quizás su espíritu está más vivo que nunca, como tuve ocasión de comprobar al día siguiente y que relataré en una próxima entrada.


Santiago es una ciudad poderosamente viva. La hora en la que estaba conociendo el centro, 17.00 h. de un día de diario, supongo que coincidía con la hora de salida de oficinas, porque si no, no se explica la ingente cantidad de gente y de coches que se disputaban el territorio. Los coches saltándose los semáforos en rojo, al igual que los viandantes invadían la calzada a la menor oportunidad peleando por el sitio que naturalmente pertenece al otro.



Las personas con la que me mezclo me resultan muy familiares. Las hay de múltiples razas y aspectos, pero uno se siente rápidamente cómodo. Nadie se fija en ti, lo que contribuye a la sensación de estar integrado, de no ser un extraño.
El centro tiene un trazado regular de manzanas (cuadras aquí), producto de los rediseños de sucesivos terremotos de los comienzos de la urbe. Digamos que una especie de barrio de Chamberí, por el tamaño de las cuadras y el ancho de las aceras. Llama la atención el contraste entre los espectaculares rascacielos de oficinas y las viviendas normales, hasta incluso alguna con aspecto colonial (si no, probad a imaginar cuatro rascacielos en medio del barrio de Malasaña y veréis que extraña impresión provoca).


Necesito más tiempo para sentir la ciudad, para encontrar respuestas. No me encaja la pujanza económica del país con el aspecto decadente de algunos edificios del centro. Hermosos, señoriales, bien situados, pero con la sensación de estar habitados por fantasmas.
Pero Santiago, está claro, no tiene complejos. Alternan los puestos callejeros de comida típica con diminutos quioscos de periódicos o de chucherías, como teníamos en Madrid en los años sesenta. Hasta aquí no ha llegado el disparate de los quioscos de prensa españoles que necesitan tres horas para desplegar todos los semanarios, periódicos, kits de autoconstrucción del Titanic a tamaño real pieza a pieza junto a su fascículo semanal hasta el año 2135, o la colección de figuras de plomo a escala 1:1 de todo el ejército de los horcos de “El Señor de los Anillos” (el año de finalización de la colección no lo incluyen).
Cuando empieza a anochecer, mis pies piden descanso y yo, dejar reposar el aluvión de buenas sensaciones que he vivido en este largo día de treinta horas.


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